¿Quiere que le haga una?
ofreció Sandro de la Comunidad Curruhuinca
en San Martin de los Andes
Yo había subido al cerro y ahí estaba extasiada en el mirador Bandurria sobre el lago Lácar cuando una pequeña columna de humo venida desde una ladera más abajo me sedujo y atrapó. Donde fuera había un fogón, brasas, alguien con la vida ahumada, una historia para escuchar, un momento para disfrutar. A tranco largo llegué al lugar y allí me metí en la vida de Sandro. Preparaba maderas para tallar.
No pude ocultar que las cucharas de madera me significan. Me llevan y me traen desde las ollas de mi abuela sobre la cocina a leña al punto preciso en los dulces de mamá, con aromas y sabores incluidos. Las atesoro, las uso, las rescato, las gozo, venero, toco, huelo, lamo. Amo.
No, pero si quiere le hago una.
¿Ahora? le pregunté asombrada.
Sí, si usted quiere se la hago.
¿Y te llevará mucho tiempo?
No, contestó manso.
Cuánto es mucho para él, cuánto es mucho para mi. Cómo acordar semejante estupidez.
Cuánto es mucho para él, cuánto es mucho para mi. Cómo acordar semejante estupidez.
Pasa que me esperan para ir a navegar. Y no traje dinero, ¡no esperaba encontrarte!
Sonrió y comenzó a trabajar.
Sonrió y comenzó a trabajar.
Me senté a su lado y fotografié todo el proceso, una deliciosa secuencia para el resto de mi vida. Les confieso que aquel trozo de madera en las manos de Sandro transformándose de a poco me conmovió hasta los huesos.
Mi silencio lo animó a él. Y preguntó. Le conté algo de mis viajes (a dedo), la vida en las comunidades bolivianas, quiso saber cómo era el lugar donde vivo. Qué cosas suceden cerca de un mar que nunca ha visto. Me encantó el desquite de este hombre, el cambio de rol. Posiblemente, como Mapuche, daría a los turistas respuestas a las mismas preguntas repetidas una y otra vez. No esta vez.
Ante mis ojos la cuchara se desprendía de su placenta en virutas. Las manos de Sandro, precisas, sonsacaban de un lado y del otro con firmeza. Se ofreció a tallarle algún detalle en la punta del mango. Tranqui, hombre, cuanto más sencilla más me va a gustar. Y vale como referente.
Le divertía que le sacara fotos al paso a paso. Al terminar le mostré las imágenes de la cámara. Las miró sorprendido, admirado de mi trabajo. Una irrespetuosa síntesis en 17 cuadros. Ahí nomás decidí que alguna vez volvería a traerle un álbum de regalo con las fotografías de su cuchara. O de la mía, entonces.
La puta, con la voz rara y alguna telaraña en los ojos le confesé que esa cuchara iba a ser muy especial para mi: la había visto nacer. Me pareció que me creía. Nos despedimos con un amoroso y agradecido abrazo de mi parte. Olía a humo. Yo a sudor. Había trepado al mirador por el sendero empinado que ellos bajan y lo tenía pegado a la piel.
Le divertía que le sacara fotos al paso a paso. Al terminar le mostré las imágenes de la cámara. Las miró sorprendido, admirado de mi trabajo. Una irrespetuosa síntesis en 17 cuadros. Ahí nomás decidí que alguna vez volvería a traerle un álbum de regalo con las fotografías de su cuchara. O de la mía, entonces.
La puta, con la voz rara y alguna telaraña en los ojos le confesé que esa cuchara iba a ser muy especial para mi: la había visto nacer. Me pareció que me creía. Nos despedimos con un amoroso y agradecido abrazo de mi parte. Olía a humo. Yo a sudor. Había trepado al mirador por el sendero empinado que ellos bajan y lo tenía pegado a la piel.
Luego el resto. Un bolsillo mal cerrado, un designio superior, una ajuste de cuentas kármico. Que se yo. Cuando desbordada de entusiasmo quise mostrársela a mi amigo, pues no la encontré. No estaba en mi mochila.
Que no puede ser, que dónde, que es una locura volver, que la hostia, que no lo puedo creer, que cómo, qué no me di cuenta, ¿qué…, será así?, ¿la tenía que perder…?
Una jugada sucia del dios desapego.
Ay, qué pena. Cuánta pena.
Recuerdo a dos mujeres que me saludaron al pie del cerro, saliendo del bosque. ¿La encontraron ellas? Ojalá. O esa pareja mayor que pidió les sacara una fotografía. Cómo saberlo. Los únicos turistas que encontré en el camino de descenso.
bonita...
Volveré a San Martín de los Andes con el álbum para Sandro. Claro que sí. Quiero hacerlo. La captura de instantes en el devenir de su proceso creativo. Quizás se tratara de eso. Y eso era todo.
Como el aroma a dulce de leche desprendiéndose de una olla de campo en los giros y giros, sólo instantes, de aquella cuchara que me vio crecer.








21 Comentarios:
Que lo parió... Ana, conocia el suceso pero no fue impedimento para que un nudo en la garganta me avisara que se venían un par de humedades a nublarme la vista. Lo dicho: ¡Qué lo parió!. Me quedo pensando en el desapego.
Abrazo y beso.
Jorge Incola
Cuándo será el día que a mí no me atrape todo lo que escribís ???
te quiero , inmensas saudades!!!
beso
CARINA
Quiza tu apego..o quiza su orgullo. O una enseñanza al encontrarla perdida.
Cada uno a su lectura.
Yo lei. La verdad esta en tus palabras, de todas las cucharas que llevas en el corazón.(esas no ocupan lugar en tu mochila...mas que cocinar dulce de leche, lo llamaste "dulce"
Que mas??
Gracias por deleitarme
te quiero
LaUra
Te envío un tremendo abrazo a ti y a tu Patagonia amada que en estos momentos se cubre con la ceniza de la misma naturaleza que tanto defendemos.
Un abrazo.
Guau Ana! Todo mi cuerpo y mi alma anegados por la emoción que tus palabras despertaron en mí... Torrente inefable con reminiscencias a cocina de la abuela, aires prometedores desprendidos de ráfagas dulces... aleteos de manos que dan vida... la luz de tus ojos claros celebrando el maravilloso proceso de la creación... Gracias Ana por compartirlo!! Daniela
Brillante relato de una frustración Ana, y ejemplificador de las consecuencias de un bolso mal cerrado!
Sandro siempre estará ahí para tallarte 1 o 100 cucharas más. Así que podés regresar cuando quieras.
Ahora, si empezamos con que “nunca segundas partes fueron buenas” y esas cosas…, en cualquier super conseguís cucharas de madera.
“Es consolador pensar que la acción de «perder» cosas es, con insospechada generalidad, una acción sintomática de los seres humanos, y es entonces bienvenida al menos para un propósito secreto del perdedor. A menudo no hace sino expresar el poco aprecio por el objeto perdido, o una secreta aversión a él o a la persona de quien proviene; también puede suceder que la inclinación a perderlo se haya trasferido sobre este objeto desde otro, más sustantivo, a través de una conexión simbólica de pensamiento. Perder cosas valiosas sirve a la expresión de múltiples mociones; está destinado a figurar simbólicamente un pensamiento reprimido -y por tanto a retomar una advertencia que uno preferiría trasoír-, o bien, sobre todo, a ofrendar un sacrificio en el altar de las oscuras potencias del destino, cuyo culto ni aun entre nosotros ha desaparecido.”
Acciones casuales y sintomáticas - Obras Sigmund Freud, Inéditos
¿Cuál será ese pensamiento reprimido que preferís trasoír?, ¿o esas oscuras potencias del destino que queres ofrecer en sacrificio?
Besos.
Rik
Sí, extravió una cuchara. Pero todo lo bueno que Ud. vivió allí no lo ha extraviado, lo guarda su alma. Y la enriquece.
Saludos.
Hola Ana, como siempre que te leo, me invade la emmocion . Es tal el poder de tu poesia , tan simple en aparien- cia , pero tan profunda, siempre.... Te mando un fuerte abrazo!!
Joaquin
Como todos los que han comentado tu post, me he estremecido, doblemente o triplemente, porque me tiene preocupada mi Pataognia, porque crecí con el Cerro Bandurrias de testigo, porque conozco esos paisajes, porque amo las cucharas y la forma en que caen tus palabras en la pantalla. Gracias por demostrarnos el valor de la impermanencia a través de la simpleza y enormidad de esa cuchara!
Uno escribe, Jorgito, animado por extrañas musas, porque tiene algo para decir. Y lo dice, lo escribe de un tirón, se lo saca de encima. Luego, en mi caso, pienso que otros lo van a leer (el sentido de mi escritura) y entonces le lavo un poco la cara para que pueda sostenerse con algo de dignidad en las arenas del blog. En este caso, salió de una, sin demasiados afeites. Que te emocione, que te deje pensando es valor agregado a mi intento. Y que me lo digas… ¡me gusta! Besote
Carina,
Ay... Como suena no sé si saltar de contenta o esconderme bajo la cama. Já.
Agite, agite pañuelos Garota. Agite su vida. Yo también te quiero.
Laura,
¿Seguìs en Londres?
Cada uno a su lectura. Me gusta eso. Cada uno con sus verdades en su mochila. A mi se me caen de vez en cuando y quedo reseteada.
Te espero por Las Grutas alguna vez y me contarás de los vapores de tus “dulces”. Gracias a vos. Un abrazo.
Luis,
Las cenizas caen sobre nosotros y modifican, espantan, asustan, dicen. Mantienen un diálogo con la tierra misma que nos deja afuera. Sólo nos queda esperar, que las capas se acomoden, que la tierra beba lentamente este trago espeso. Siempre te siento cerca, más allá de los volcanes que nos separan.
Daniela,
Gracias a vos por asomarte. Cuántos adjetivos que hacen mis palabras enormes!
Te espero junto a un fueguito cuando quieras ¡y probamos de decir juntas! Dale…
Un montón de besitos
Rik,
Bolso mal cerrado. Hum… Yo me hago una pregunta odiosa: ¿qué pasa con mi cierres? Eh?
100! No es cuestión de un número. Ni siquiera sé si necesito una cuchara más de alguien. Menos de un Super. Me gustaría que la vida me siguiera regalando momentos como los que vivi junto a Sandro. Sin lugar a dudas. O los instantes que recuerdo y que tienen que ver con los aromas de algunas cocinas y la alquimia de unas ollas donde manos que me significan sostienen una gastada, oscurecida, hermosa, cuchara de madera.
Respecto a tus preguntas devenidas del texto de Freud, qué decirte, no tengo ni idea de lo uno o de lo otro. Si tuviera la más mínima sospecha quizás no anduviera perdiendo cucharas por ahí. Já. Aunque aún elijo, así neurótica como estoy, seguir caminando por los bosques, seguir encontrándome con gente como Sandro, o como vos, que me hacen bien.
Comenzar a trabajar los cierres sería un buen inicio. O sea, cerrar bien situaciones de mi vida si no quiero seguir perdiendo nada que no quiero perder. O abrir del todo la mochila y sacar lo que no quiero cargar más (y no esperar que se caiga solito así no me hago cargo)
Lo ideal para mi, entre nos, Musso, sería no tener que cargar ni la mochila pero ni te cuento lo que me falta para eso. Aunque en cada viaje que emprendo llevo una más pequeña y tomo eso como un logro personal.
Gracias por tu aporte.
Un bezazo.
Gracias Rob!
Espero que mi alma no tenga ni broches, ni cierre, ni botones o correas! (Para seguir enriqueciéndome con lo que vivo y llegar a convertirla en una cueva de Ali Babá abierta donde cada uno se lleve lo que crea necesita de mi)
Abrazo con cenizas.
Joaquin (¿Hernandez Martin?)
Bienvenido a esta trastienda!
Que lindo mimo a mi piel de escriba. Gracias, re muchas gracias! Otro para vos.
Epa Ana!!!
Los buenos momentos los recordamos como buenos momentos porque son así, momentos, efímeros momentos. Si durasen más de lo justo y necesario, lo más probable es que no quedaría ese “sabor” de sus recuerdos!.
En ese aspecto, los “cierres” te funcionan perfectamente bien. Los que pareciera que tenés que repasar son los de tus mochilas. Las que llevan objetos digo…, no las de los recuerdos. Si en éstas llevás algunos que no te producen bienestar, claro que tendrías que vaciarla, lo antes que puedas! Es un lastre al dope!
Para seguir llenándote de momentos que te colmen de recuerdos cronológicos gratificantes no te faltan pilas amiga. Sé que cada día encontrás alguno.
Besos.
Rik
Kira,
de que paisajes más hermosos te has nutrido! Y verlos ahora tapados en cenizas...
Como le dije a Luis por ahi arriba, un diálogo de fuerzas naturales que nos deja afuera.
Pero pensar en Los Antiguos en Santa Cruz, me sirve. Los pobladores de La Línea Sur temen por sus animales (no hablamos de terratenientes) por ser el principal recurso para alimentarse en invierno. Ojalá las cenizas esta vez se alíen con la vida y no con la muerte.
Te abrazo amiga del alma. Y simplemente gracias.
La cuchara no quiso irse de allí.
La entiendo.
Besos.
Holaaaaaaa Ana: mira qué bello relato de nuestro amigo Sandro, que seguramente pertenece a la familia Curruhinca... y claro, como sé lo que se siente contemplar el lago Lácar desde el Mirador Bandurrias, pues me has traido tantos bellos recuerdos y tantas caminatas por ésos senderos...
Muchas gracias, una vez más...!
GUS
Publicar un comentario