(I)
Nadie trae algo pequeño a un bar de madrugada.
(Graciela Cros)
(Graciela Cros)
Entró al bar de la costa y acomodó su trasero en la cima de una banqueta. Dudó que el miserable espacio pudiera contenerla a ella y a las expectativas que cargaba.
Pidió una copa de vino y se tomó dos horas, para enamorarse y enamorarlo. Brindó por el desafío y la bolsa en juego. Y a su salud.
En el espejo de la barra encontró la propaganda del evento: buen lejos, rubia en general, por alguna obstinación fijada vaya a saber uno cuándo y a qué efecto. El pelo no tenía el brillo de años atrás pero con largos mechones haciendo clavados desde el acantilado de su escote, seduciría a su hombre. Lo sabía.
Las luces amarillas en la piel (y un genuino entusiasmo) y ya podría hacerse imaginar dorada. Una real diosa pagana. ¡Diablos! Los ojos, así, pegados en el espejo sin la dosis de palabras y el refuerzo de sonrisas se mostraban patéticos.
Recorrió el menú de la noche y sin reparar en precios eligió al hombre. Leía, no eran los aburridos clasificados, y estaba solo. Potencialmente solo.
Había avanzado unos cuantos casilleros, casi hasta mitad de camino. El resto sería una cuestión de a dos. Más interesante.
Pidió una copa de vino y se tomó dos horas, para enamorarse y enamorarlo. Brindó por el desafío y la bolsa en juego. Y a su salud.
En el espejo de la barra encontró la propaganda del evento: buen lejos, rubia en general, por alguna obstinación fijada vaya a saber uno cuándo y a qué efecto. El pelo no tenía el brillo de años atrás pero con largos mechones haciendo clavados desde el acantilado de su escote, seduciría a su hombre. Lo sabía.
Las luces amarillas en la piel (y un genuino entusiasmo) y ya podría hacerse imaginar dorada. Una real diosa pagana. ¡Diablos! Los ojos, así, pegados en el espejo sin la dosis de palabras y el refuerzo de sonrisas se mostraban patéticos.
Recorrió el menú de la noche y sin reparar en precios eligió al hombre. Leía, no eran los aburridos clasificados, y estaba solo. Potencialmente solo.
Había avanzado unos cuantos casilleros, casi hasta mitad de camino. El resto sería una cuestión de a dos. Más interesante.
- Hola. ¿Puedo sentarme?
- No te conozco ¿no?
- No te preocupes, te queda una hora cuarenta y cinco para hacerlo.
Le gustó su aroma y la forma de mirarla sobre los anteojos sin bajar el diario. Y que el turro de Sabina a raja versos, la alentara desde el fondo:
“Benditas sean las rubias calentonas
que se emocionan por pasar el rato…”
- ¿Esto es un levante?
- Que va… ¿Te parece que tu ventolina de intelectual cansado, tus canas y tu colonia francesa de hombre bueno pueden provocarme un levante? Ni ahí. Sólo busco enamorarte. Gordo, es algo serio. Y tengo que hacerlo ahora, esta noche. Viernes de brujas.
- ¿Te ganas un auto si lo haces?
No dijo ganás ni hacés. La trataba de “tu”. Otros cinco casilleros.
- ¿Un auto? No estaría mal. Pero ni ahí. Voy al rescate de algunas emociones y te necesito. A ti.
- ¿A mi? ¿Por qué a mí?
- Porque sos lo mejor que encontré en este bodegón de cuarta. Y de piratas –agregó dándole un vistazo al menú de la barra.
- ¿Eso es todo?
- No, el resto corre por tu cuenta. Pero no te preocupes. Como dijo Redford previo al polvillo aquél del millón: no harás nada que no quieras hacer. Y yo tampoco.
- No es un mal trato. Siguió leyendo y la olvidó. Literalmente.
La demora le permitió mirarlo. Y escucharse.
Así, de una, amó la resaca del sol en la piel de sus besos; amó, de una, sus ojos, refugio en sus tormentas hormonales; le gustaron las manos que veía y de una, o de puro amor, aceptó lo que no hacían; de una, amó el maravilloso puente romano a la orilla de su sexo; amó, de una, su camisa de algodón rendida al sol en un tendal de encajes libertinos; amó, de una y de siempre, los antebrazos largos y firmes sin reloj; amó su Jack Daniels y la codiciada hierba de Whitman en la mesa; amó, de una, amarlo desnuda en aquella playa del sur del mundo.
Y así, de una, terminó amando... ¡touché!, su escandalosa carencia.
El resto de una vida a su lado después, antes del gon, él levantó la vista y dobló el diario.
- Esto es una locura, ¿lo sabes, no?
- La locura corre por tu cuenta Gordo, para mí sólo es un comienzo. Te diría que no entres en pánico, acabo de recorrer nuestro camino y lo vi bueno. Seguíme si querés. Si quieres tu, agregó burlona. Y dejó los labios en el tu.
El hombre la miró, largo tiempo, tanto como es posible mirar a un rival mientras sostiene el trofeo con los brazos en alto. Apartando apenas su bourbón, bebió de una copa con vino y rouge.
(II)
- Annette, Gordo, tu tierna Annette.
.
Del libro Así, de una en colaboración con Claudio Andrade
(I): Imagen 2044 leobass
(II): Tela de araña con perlas de cristal Arbego


14 Comentarios:
Las fotografías valen el post. Increiblemente bellas. Gracias Armando y Esteban!
No sé si enamoró al Gordo.
A mí si.
Besos.
anouschka! qué lindo despertar, hermoso! gracias a vos por ese verso que tenía echado al olvido, abrazo!!!
Tus palabras me seducen tienen misterio, gusto a ginebra, cadencia de encuentro.
Bello Ana!!!
M.
Pd. Perdones por la tardanza . :)
Un relato encantador, verdaderamente.
Saludos.
Apenas empecé a leerlo se me vino Sabina a la cabeza, y después cuando lo hiciste aparecer en tu relato no me quedaron dudas. Tus palabras son dignas de una de sus canciones. Suenan como ellas y son capaces de atrapar a cualquiera, tal como lo hizo esta mujer decidida con el Gordo.
Annette!
Voy armando 'cabos' desde la distancia, y puedo más o menos 'intuir' cómo eres, a qué mundo perteneces. Me ha encantado el relato (aunque no Sabina, lo siento...).
Vaya que sudecen cosas en ése Sur tan lejano...
¡Un saludo grande, ésos inmensos, como lo es la región donde vives!
GUS
Toro,
mirá vos...
Bs.
Graciela,
Tus cisnes de Franklyn, un poema que se me da por desmenuzar seguido y paladear los versos.
Abrazote
Malenushka,
Mis viejos tomaban ginebra en vasitos culones antes de comer. A mi me gustaban mucho las botellas de aquellas ginebras. Me catapultaste a ese recuerdo.
Me llegaron tus encajes, por ahora los acaricio.
Te beso, Mujer linda.
Roberto,
porque soy serpiente, seguro. jajaj
Te saludo.
Kira,
debo llevar a Sabina en mi ADN. De tanto escucharlo seguro alguna cadena mutó y por lo tanto lo sudo cuando me doy un atracón exagerado. Y salen estos relatos calentones.
Pobre Gordo...
Besos desde el bar que imaginas.
Gus,
Ni sueñes que soy asì. Soy peor. jà.
Me parece fabuloso que no te guste Sabina. Así no te pondrás loco cuando él me de bola y entonces, para mi, dejes de exisitr. Ay, què risa.
Siempre uno encuentra a alguien para que, en cualquier rincón del mundo, sucedan cosas. Sòlo hay que dejarlas salir.
Un abrazo grandote
No hace falta decirte que se nota entonces. Hay algo en tu forma de escribir que me hace escucharlo.
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